Tu trabajo, cada mañana, es salvar la brecha entre la biología de tu adolescente y la agenda del mundo.
Eres la fuerza que intenta anular su fisiología. Eres responsable de despertarlos en una línea temporal para la que su cuerpo no está preparado.
Este papel te fue impuesto.
No lo elegiste
El sistema lo exigía.
El horario escolar así lo exigía.
El miedo al ausentismo escolar, a las consecuencias legales, a que su hijo adolescente se quede aún más atrás: estas exigencias lo obligaron a tomar esta posición.
Pero esto es lo que sucede cuando asumes ese rol: tu participación se convierte en parte del ciclo de escalada.
No porque lo estés haciendo mal.
Pero cualquier intento de despertar impulsado por los padres se convierte en una confrontación con un sistema nervioso medio dormido y desregulado.
El padre se asocia con la amenaza del despertar. La mañana se convierte en una batalla.
Cuanto más involucrado estés, más se profundiza el conflicto.